No es que no sepas qué hacer. Es que llevas demasiado encima para decidir con claridad.
Hola, mi nombre es Naylín, y si te digo que tengo la mente clara casi siempre, te miento. La diferencia es que ya sé qué hacer cuando no la tengo.
Y esto lo aprendí a base de vivir, ya sabes, no de los libros.
Llegué a Madrid con 22 años, desde Cuba, y mi primer trabajo fue de analista programadora en las oficinas centrales de Bankinter.
Y los primeros de trabajar allí, acabada de aterrizar, me sorprendieron dos cosas:
1. La primera, que la gente comía el pan con tenedor y cuchillo. Todavía me hace gracia recordarlo.
2. La segunda fue más importante. Teníamos un jefe con una calma que parecía ilegal. El proyecto iba tarde, salíamos tardísimo, la presión era constante y, aun así, él decía algo que nos bajaba a tierra.
Chicos, ningún avión se va a caer.
A mí eso me daba paz, me daba un marco, me daba orden, me podía relajar, a pesar de la tensión y de salir cada día a las 9pm de Alcobendas con el frío más grande que había vivido en mis 22 años.
Unos años después me fui de Madrid a Denia y monté mi propia empresa de diseño y desarrollo web, que creció rápido y que llegó a tener más de cuarenta personas en el equipo.
Ahí aprendí la parte del liderazgo de la que no se suele hablar demasiado.
- La de despertar de madrugada con dudas y decisiones que tomar, con inseguridad y medio
- La de sostener conflictos del equipo
- La de llevarte trabajo a casa.
- La de sentirte responsable de todo aunque nadie te lo haya pedido con esas palabras.
Yo funcionaba. Bastante bien, además.
Y aun así, había días en los que notaba que el liderazgo empezaba a pesar.
En paralelo, desde pequeña el trabajo con la mente estaba cerca de mí. Yoga, meditación, vivir con atención y presencia. Ese tipo de cosas que no te hacen más especial, pero sí más consciente.
Hubo un momento en el que ese camino tomó más espacio. Y sí, hice ese movimiento que desde fuera suena a película.
Lo dejé todo. De verdad todo.
Casa, pareja, vida montada, lo conocido.
Y me fui a vivir otra cosa, con incertidumbre y con ganas. Con miedo también, claro, pero con esa sensación de que si no lo hacía entonces, me iba a quedar pequeña dentro de mi propia vida.
Viajé a India, me formé, experimenté… y terminé acompañando a muchísima gente a través de mis clases por internet, mis eventos presenciales y formaciones.
La mente humana es brillante.
Y también es capaz de convertir cualquier cosa en un ruido constante si no hay orden.
Con el tiempo empezaron a llegar otro tipo de personas.
Empresarios. Directivos. Líderes.
Gente con recorrido, con resultados, con responsabilidad.
Gente que no venía a buscar inspiración. Venían a buscar claridad.
Venían diciendo cosas como
- Estoy agotado, cansado, desgastado y no sé por dónde tirar.
- Sé lo que tengo que hacer, pero no consigo decidir.
- Tengo la sensación de que todo pasa por mí y ya no sé cómo pararlo.
- Creo que estoy siendo el techo de la empresa
Y ahí fue donde todo lo anterior empezó a encajar.
La empresa. La presión. Los equipos.
Y también la mente, el cuerpo, el criterio, la presencia.
Hoy trabajo uno a uno con empresarios y directivos.
Acompaño procesos donde se ordena lo que está descolocado, se baja el ruido mental y se vuelve a decidir desde un lugar más limpio.
Se nota en cosas muy concretas.
- Conversaciones que por fin ocurren.
- Decisiones que dejan de arrastrarse.
- Prioridades que se colocan donde toca.
- Responsabilidades que vuelven a su sitio.
Y el líder recupera algo muy simple, pero muy raro hoy en día: Espacio interno, claridad, criterio propio, libertad.
Trabajo con pocas personas a la vez. Me importa el ritmo, la profundidad y la honestidad.
No acompaño a todo el mundo y no siempre digo que sí.
Si al leer esto has pensado vale, esto me está hablando, puedes escribirme por WhatsApp y lo vemos con calma.
Leo y respondo personalmente los mensajes.
